Cynthia Novella, Jacobo Muñoz y Eduardo Useros, socios de AMIFE y miembros del Departamento Médico de Janssen-Cilag, S.A., fueron voluntarios en los momentos más duros de la pandemia por la COVID-19

Desde que el Gobierno declarase el Estado de Alarma, el 15 de marzo, para contener la propagación del virus SARS-CoV-2 -cuando se registraron 1.707 casos diarios-, hasta que doce días después se alcanzó el «pico» de contagios en un solo día con 9.181 personas infectadas, según datos del Instituto de Salud Carlos III, España en general y particularmente el Sistema  Nacional de Salud (SNS) y sus sanitarios vivieron una auténtica convulsión, posiblemente equiparable a la ocasionada por el estallido de una guerra. El fatídico 1 de abril de 2020 fue el día más devastador con 930 muertes atribuibles directamente a la enfermedad ocasionada por este tipo de coronavirus: la COVID-19.

Fueron días durísimos donde las unidades de cuidados intensivos (UCIs) se quedaron sin camas, los profesionales de primera línea no tenían horas de descanso, además del riesgo de exponerse al propio virus (el 20 por ciento de este colectivo se infectó durante aquél periodo) y con carencias materiales:  Equipos de protección individual (EPIs), respiradores y test rápidos PCR para diagnosticar la enfermedad. La habilitación de nuevos espacios para la atención a los enfermos -como el hospital de IFEMA-, la colaboración de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y el ejército de voluntarios sanitarios que participaron desinteresadamente en esta lucha contra la COVID-19, fueron determinantes para evitar el colapso definitivo del sistema y, sobre todo, para emprender de manera efectiva la contención del virus. AMIFE colaboró en este aspecto con el Ilustre Colegio de Médicos de Madrid (ICOMEM) para hacer un llamamiento a los médicos y sanitarios de la Industria Farmacéutica para que participasen como voluntarios en esta difícil lucha contra la COVID-19.

Precisamente, a este llamamiento al voluntariado acudieron tres médicos de la compañía Janssen-Cilag, S.A.: Cynthia Novella, Jacobo Muñoz y Eduardo Useros. Los tres son médicos de vocación y formación, miembros del Departamento Médico de la farmacéutica y solicitaron ser voluntarios en esta campaña movidos por un alto sentido del deber como sanitarios, ayudar a sus compañeros médicos de primera línea y una especial sensibilidad por hacer el bien. Todos comparten la satisfacción por el trabajo realizado y algo más… las experiencias personales vividas, algunas conmovedoras y otras ilusionantes, que sin duda han cambiado sus vidas. Todos se consideran, después de esta inolvidable experiencia, mejores personas.

Ayudar a los compañeros y hacer el bien a los demás

“Estaba en contacto con mis excompañeros de cuando ejercía como médico de familia y de residente en el Hospital Universitario Ramón y Cajal (de Madrid). Tenemos un grupo de WhatsApp y veía lo mal que se estaba poniendo la situación por culpa del coronavirus: avalancha de pacientes, bajas de sanitarios, falta de recursos… sigo siendo médico y sentía que tenía que hacer algo, que tenía que ayudar de alguna forma”, explica Cynthia Novella, quien añade que “me alegré del llamamiento al voluntariado del Colegio de Médicos de Madrid y AMIFE. Se lo comenté a mis compañeros y en dos días mi compañía ya me dio la aprobación para se voluntaria. Me alegro de haberlo hecho, de haber aportado mi granito de arena”.

“No estaba tan oxidada como pensaba… no se te olvidan las cosas. Además, en la Industria estamos al lado de los médicos, estudiamos publicaciones innovadoras, somos metódicos y mantenemos la calma para tomar las decisiones más adecuadas sobre salud, las farmacéuticas no podemos cometer errores. Aprendí los protocolos del coronavirus, estudié la evolución de la pandemia en China y me sentí cómoda en el día a día, en el manejo diario. Es como si no hubiera dejado de ejercer de médico”, dice C. Novella. “Después de esta experiencia, valoras y aprecias mucho la clínica… piensas en ensayos clínicos, en estudiar, etc. Ahora también estoy al lado de mis excompañeros. Veo su desilusión con el sistema, sus carencias profesionales y el enorme esfuerzo que hacen en su trabajo diario, sufriendo las inclemencias del sistema ya que no siempre tienen las condiciones idóneas para ejercer su profesión. Nosotros vivimos protegidos y nos sentimos queridos”, afirma.

Jacobo Muñoz también pertenece al Departamento Médico de Janssen-Cilag y, como Cynthia, hizo su residencia en el Ramón y Cajal. Solicitó ser voluntario en este hospital y en el hospital de IFEMA. Mientras esperaba las respuesta, su compañero de Eduardo Useros le comentó que faltaban manos en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla de Madrid. Y allí hizo su voluntariado, en un hospital militar, por lo que no le pareció extraña la situación: “Mi primera impresión, cuando entré, era de batalla, como en una guerra. Todo el mundo con mascarillas, buzos que te cruzas, mucho control al entrar y salir… y los familiares, sin contacto con sus familias, donde dos terceras partes eran personas de más de 70 años y algunas de 100. Vivíamos una medicina de guerra, donde se mezclaban las especialidades pero que, a decir verdad, fue muy enriquecedora”.

Para Jacobo, volver a la clínica fue apasionante: “hacer diagnósticos, ejercer de médico, estar en contacto con los pacientes me aportó aire fresco, ganas por la profesión médica. Creo que este tipo de voluntariado es muy beneficioso para los médicos de la Industria Farmacéutica. Podemos perder manos, pero ser médico es como montar en bicicleta, nunca se te olvida”. También destaca la importancia de la familia en esta labor de voluntariado y dice al respecto que “estoy muy orgulloso de mi esposa y de mis cuatro hijos. Mantenerme alejado de ellos para hacer el bien, confinarnos para ayudar a otras personas, también es enseñar que cuando uno quiere ayudar, puede hacerlo pese al sacrificio que supone”.

Eduardo Useros fue el causante de que Jacobo Muñoz fuera al Gómez Ulla. Él ya estaba allí debido a que tenía amigos y compañeros médicos que ejercen en este centro sanitario militar, uno de los más importantes y referencia en el Sur de Europa en la OTAN. Si la primera impresión para Jacobo fue la guerra, para Useros fue de que “la cosa estaba mucho peor de lo que expresaban los medios de comunicación, pero no era tan desastrosa como la pintaban mis compañeros”.  “Todos los médicos del hospital estaban dedicados al coronavirus. En una planta había profesionales de todas las especialidades: cirujanos, digestivos, psiquiatras, pediatras… todos atendiendo a pacientes que sufría la COVID-19; pero con unos protocolos bien claros, donde los diferentes equipos contábamos con un internista o neumólogo de referencia para poder preguntar y aclarar dudas”, explica Useros.

Si bien los protocolos, el compañerismo y los procedimientos profesionales hicieron que en ningún momento Eduardo Useros se sintiera desbordado, hay algo que no está sujeto a un procedimiento, como son las emociones y, en especial, las que se generan con el contacto diario con los pacientes. “Me marcó mucho la situación de un matrimonio que tenían las habitaciones dobladas. Hicimos todo lo posible para que estuvieran juntos. Pero particularmente recuerdo el caso de un matrimonio que ingresó a la vez. Ella vio como su marido falleció en la cama de al lado sin poder hacer nada. Cuando se le dio de alta, tuvo que irse sola”, cuenta con emoción Useros.

Historias personales que no se olvidan y que marcan la vida de voluntarios como Cynthia, Jacobo y Eduardo, médicos de la Industria Farmacéutica que han arrimado el hombro en esta pandemia por coronavirus. “Esta experiencia me ha cambiado  -dice Useros-, creo que aprendes a que la Medicina es más humana de lo que uno se imagina».