Una innovación farmacéutica ‘made in Spain’

Hacía mucho que la industria farmacéutica española no presentaba un producto que pudiera etiquetarse de auténtica innovación. Las razones de tanta timidez quizá tienen que ver con su cultura o porque llevar al mercado un nuevo medicamento eficaz cuesta tanto dinero que sólo los gigantes del sector se atreven a intentarlo. La industria en nuestro país ha estado poniendo en las farmacias fórmulas parecidas a las verdaderamente innovadoras y genéricos -cuando la patente del medicamento original ha caducado-.

Sin embargo, la polipíldora que ayer se presentó en Madrid es algo novedoso, muy necesario y tiene un coste razonable, incluso barato para un sector acostumbrado a pagar cantidades importantes por los fármacos. Es también un ejemplo muy claro de cómo puede establecerse una colaboración público-privada fructífera, carente de conflictos de interés, que nos demuestra que, en sanidad y medicina, estamos a la altura de lo que se suele hacer en los países más desarrollados.

Lo que ha conseguido la hermandad entre el CNIC y los laboratorios Ferrer, con sede en Barcelona, es juntar tres medicamentos esenciales para tratar la patología cardiovascular, -la primera causa de mortalidad- y empaquetarlos muy inteligentemente en una única cápsula con un coste de 35 céntimos al día.

El precio es algo fundamental para los países pobres. En España, acostumbrados a un sistema sanitario público bueno, y sin excesivos costes directos para el consumidor, se es poco consciente de lo que significa el tratamiento farmacológico de una patología crónica. Pero en India, Bolivia o Kenia, por citar algunos países sin buena cobertura pública sanitaria, pagar por medicinas es un imposible para muchos. Quizá el mayor fracaso de la medicina moderna se relaciona con lapésima adherencia que tienen los pacientes crónicos al tratamiento que les prescribe el médico, que en las mejores estadísticas no supera el 50%. Que un hipertenso, un paciente coronario, un diabético, un asmático, incluso alguien con cáncer, olvide una y otra vez qué es lo que tiene que hacer para mantener controlada su enfermedad debería calificarse de tragedia. Es algo que presupone serias complicaciones y que, además, genera un dispendio económico enorme.

La adherencia a la medicación y su precio fue lo que motivó al doctor Valentín Fuster y al CNIC a intentar desarrollar la polipíldora. Es loable que haya sido Ferrer el laboratorio que ha arriesgado a lo hora de desarrollar ese proyecto. Y se han gastado hasta ahora 24 millones de euros. Unos y otros ahora pueden sentirse orgullosos de lo que han conseguido.

Fuente: El Mundo