¿Cómo se bautiza un medicamento?

Por qué ese comprimido o ese jarabe que consigue eliminar un dolor de cabeza persistente o una tos molesta se llama como se llama? ¿Qué mecanismo de acción y qué ingredientes se ocultan tras esa denominación? El nombre de un fármaco parece algo puramente accesorio y, sin embargo, detrás de él hay todo un trabajo informativo, sí, pero también creativo.

Jaume Pey, director general de la Asociación para el Autocuidado de la Salud (Anefp), explica que muchos de los medicamentos actualmente no sujetos a receta nacieron como fármacos de prescripción hace medio siglo o más. En aquel momento, “el proceso de poner marca tenía muy poca importancia porque se pensaba que, al haber un médico detrás, este conocería el producto sin más, o acudiría al vademécum”, explica a ‘Revista Médica’. “Cuando el medicamento pasó a no estar sujeto a receta, conservó la marca”. Con lo cual, hoy en día hay fármacos muy populares con nombres cercanos a lo impronunciable. “Si tuviéramos que ponerles marca desde cero no les pondríamos su nombre actual, sin duda”.

Muchos de los nombres de los fármacos recuerdan a sus inicios vegetales: Aspirina, por ejemplo, se refiere al género spiraea, de la familia de las rosáceas, utilizado para obtener el principio activo. Ahora, sin embargo, los nombres de fantasía con que se bautiza a los medicamentos tienen otros condicionantes. El principal, que sea fácil de recordar. Para esto se pueden utilizar asociaciones con otros elementos con los que se le quiera relacionar, desde lo obvio (Dormidina) hasta lo más sugerente (Orfidal, que recuerda a Orfeo, personaje de la mitología griega que, cuando tocaba la lira, calmaba las almas de sus conciudadanos).

Sin embargo, a la hora de poner nombre a un medicamento, no todo vale. El artículo 35 del Real Decreto 1345/2007, que regula el procedimiento de autorización, registro y condiciones de dispensación de los medicamentos, establece que el nombre “en ningún caso podrá inducir a error sobre las propiedades terapéuticas o la naturaleza del medicamento”. En el caso de los fármacos sin receta, “no podrá ser igual o inducir a confusión con el de otro medicamento sujeto a prescripción médica”. La Agencia Española del Medicamento elaboró una guía con directrices para el nombramiento de medicinas, cuyo principal objetivo es evitar la confusión con otros fármacos o principios activos.

No obstante, “la Aemps no genera muchos problemas a la hora de bautizar un medicamento”, explica Pey, quien destaca que, al ser multinacionales muchas de las compañías que operan en España, el nombre suele venir dado desde fuera, si bien se procura que sea fácil de pronunciar en todos los idiomas y que no tenga connotaciones negativas en ninguno de ellos.

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Fuente: Revista Médica

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