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El inversor de biotecnología que quiere vencer al envejecimiento

Peter Thiel es el cofundador de PayPal, el inversor que descubrió Facebook y el autor de De cero a uno: cómo inventar el futuro, un breve relato del tipo de pensamiento ilógico que le ha convertido en una especie de padrino en Silicon Valley (ver La guía inconformista para inversores)

Pero una faceta menos conocida de Thiel es su afinidad por la biotecnología. Por ahora ha invertido en más de 25 start-ups, una de las cuales ya se ha convertido en una historia de éxito que vale más de mil millones de dólares (unos 900 millones de euros).

Eso coloca a este hombre de 47 años a la vanguardia de los más destacados inversores en el mundo de la biología. Google hizo sonar las alarmas cuando creó Calico en 2013, una empresa para ampliar la vida. Además, este año el acelerador de empresas Y Combinator ha informado de que 10 de las 116 start-ups que ha aceptado son empresas de biotecnología (ver Business Impact: El hombre que susurraba a las start-ups)

A Thiel, igual que a Google, le motiva en parte la esperanza de vencer al envejecimiento, un campo de  la medicina que afirma  se mantiene “estructuralmente inexplorado”.

Pero el mayor cambio está en que la biología es cada vez más fácil y barata de investigar. Eso significa que las empresas de biotecnología se parecen cada vez más a las start-ups dedicadas al software. Ahora mismo en internet se puede encargar ADN a medida, financiar colectivamente un proyecto de ingeniería genética o encargar experimentos a terceros.

El director ejecutivo de Cambrian Genomics, Austen Heinz, cuya empresa vende cadenas de ADN hechas a medida, afirma que se puede imaginar lo que sucederá si la biotecnología acaba siendo igual de fácil de probar que el software. “Está llegando una explosión de empresas de biotecnología”, afirma.

La mayoría de las inversiones en biotecnología de Thiel se han hecho a través de la Fundación Thiel, una organización sin ánimo de lucro. Pero su firma de capital riesgo Founders Fund ha financiado al menos cuatro empresas de biotecnología, entre ellas Cambrian, Emerald Therapeutics y Stem CentRx, que tiene un fármaco de anticuerpos contra el cáncer de pulmón en fase de ensayos clínicos.

Para Theil, la industria de la biotecnología sufre un problema estructural. Las empresas tienen que invertir decenas de millones de dólares en desarrollar medicamentos que podrían funcionar, pero que quizá no funcionen. No están seguros porque la biología es demasiado impredecible y compleja. “Muchas empresas están entregadas al paradigma de la imprevisibilidad”, sostiene. “Pero si lo ves como un billete de lotería, tanto los participantes como los inversores ya están convencidos de que van a perder. Una pequeña probabilidad multiplicada por una gran recompensa suele equivaler a cero”.

En comparación, Thiel afirma que busca empresas con una teoría que se pueda poner en práctica sistemáticamente, no un plan para recolectar evidencia empírica. Por ejemplo Counsyl, una empresa de análisis genético que ofrece pruebas de ADN a futuros padres. “Su argumento de venta principal era ‘la genómica es un fraude'”, explica Thiel, que se convirtió en inversor de Counsyl en 2011 y ha invertido 17 millones de dólares desde entonces en la empresa (unos 15 millones de euros).

En aquel momento los investigadores vendía la idea de que el ADN te podía dar información sobre los riesgos de contraer enfermedades comunes como la diabetes. Lo que hizo Counsyl fue crear una forma barata, muy automatizada y muy adaptada a los consumidores de hacer un análisis en busca de enfermedades raras cuyos patrones de herencia son muy conocidos. De hecho siguen las teorías de Mendel, desarrolladas en el siglo XIX.

Los análisis de Counsyl se usan ahora en un 3% de los nacimientos en Estados Unidos y esta empresa privada está valorada en unos mil millones de dólares (unos 900 millones de euros). Es uno de los “unicornios” de Silicon Valley, esos raros casos de éxito con los que muchas veces Thiel parece estar relacionado.

El éxito de Counsyl abrió el camino para Mark Kaganovich, quien lanzó SolveBio, unastart-up que espera convertirse en “el Bloomberg” de la información sobre ADN. “Introdujo al valle en el mundo de la genómica”, afirma. Su empresa de bioinformática ha recibido 2 millones de dólares (unos 1,8 millones de euros) de la firma de inversión Andreessen Horowitz entre otras. “Thiel es un maestro tecnólogo y un comercial. Si él quiere cambiar la biotecnología, los viejos jugadores deberían estar atentos”, afirma Kaganovich.

Al contrario que Thiel, Andreessen Horowitz afirma que no financiará empresas de biotecnología que hagan trabajo de laboratorio, porque el campo les resulta muy poco conocido. En cambio, el dinero invertido en SolveBio forma parte de la pujante categoría de la “salud digital”, que consta principalmente de aparatos de ejercicio o de software médico y que el año pasado recaudó 4.200 millones de dólares en inversiones de capital riesgo según Rock Health (unos 3.800 millones de euros).

Thiel también ha invertido en salud digital, pero afirma que se preocupa cuando hay demasiadas empresas persiguiendo las mismas ideas. “Yo diría que cualquier cosa que encaje en una tendencia es mala, siempre es mala”, sentencia.

Financiar empresas de biología real mantiene a Thiel en un territorio menos poblado. Además existe una conexión con su interés por las estrategias antienvejecimiento. Toma hormona del crecimiento a diario y se ha apuntado para la criogenización. Estos son lo que Thiel podría denominar comportamientos “definidos” en el sentido de que se trata de tomar medidas en vez de suponer que no existen cambios posibles. “Cómo se enfrenta la gente al envejecimiento es una combinación de aceptación y negación”, afirma. “Aceptan que no pueden hacer nada y niegan que les vaya a suceder a ellos”.

En 2011 la Fundación Thiel creó Breakout Labs, una organización interna que da a pequeñas empresas, muchas veces compuestas por dos o tres personas, inversiones de 350.000 dólares (unos 315.000 euros) para quitar riesgo a las ideas científicas y prepararlas para recaudar más dinero.

Breakout se ha convertido en el mayor proyecto de la fundación. Hasta la fecha ha invertido 7 millones de dólares (unos 6,3 millones de euros) en unas dos docenas de compañías dedicadas a hacer ciencia de base, la mayoría de ellas empresas de biotecnología. Entre ellas se cuenta 3Scan, que va a sacar al mercado un nuevo tipo de microscopio de escaneado y EpiBone, una spin-off de la Universidad de Columbia en Nueva York que está usando un biorreactor para cultivar huesos de repuesto.

La director ejecutiva de Breakout, Lindy Fishburne, afirma que Thiel espera “liberar” tecnologías válidas que ahora mismo se ven atrapadas en universidades u otras instituciones para que entren en la economía. Fishburne afirma que Breakout sólo invierte en empresas que gestionan sus fundadores. Esta quizá sea la diferencia más notable de Thiel respecto a cómo se forman muchas start-ups de tecnología a secas. Muchas veces estas las conciben empresas de capital riesgo y las gestionan profesionales; invierten el dinero semilla comprando licencias de patentes y contratando a consejos asesores compuestos por importantes investigadores.

En contraste con lo anterior, Thiel ha invertido en Inmusoft, que usa terapia genética paraconvertir células de la sangre en fábricas de fármacos y que espera poder tratar un raro síndrome conocido como enfermedad de Hurler. Su fundador, Matthew Scholz, un emprendedor del mundo del software explica que empezó a obsesionarse con la idea de que el sistema inmune se puede “programar”. Antes había dirigido una empresa de logística de transporte. A Thiel no le desanimó el hecho de que Scholz no tuviera experiencia formal en biología o que se hubiera servido de Wikipedia para poder entender los artículos científicos.

Scholz explica que la beca de Breakout le ha permitido demostrar sus ideas en ratones. Este año espera poder solicitar permiso a la Agencia Estadounidense del Medicamento para hacer ensayos en humanos. “Ha pasado de ser: ‘Este tío no tiene nada que hacer aquí’ a ‘Está llamando el Dr. Scholz'”, afirma.

La fórmula de Thiel de ir contra la corriente no supone una garantía de éxito. Hace unos años Founders Fund invirtió dinero en Halcyon Molecular, una start-up gestionada por un par de tipos que habían dejado la universidad y se habían instalado en un loft con un futbolín. Halcyon quería desarrollar una máquina de secuenciación de ADN muy barata. Pero fracasó.

Es más, ninguna de las empresas de la cartera de Thiel han sacado un tratamiento o un fármaco al mercado. Esa quizá sea la prueba definitiva para una empresa de biotecnología, pero para llegar a ella hacen falta años de estudios y de búsqueda de la aprobación de los legisladores. “En eso es distinto al mundo de la tecnología, están acostumbrados a que las cosas pasen más rápido”, afirma el director de la sección de salud de la firma de inversiones Polaris Ventures, Terry McGuire, cuya empresa ha hecho más inversiones en empresas de biotecnología el año pasado que cualquier otro fondo de inversiones estadounidense.

McGuire afirma que a los inversores en tecnología de la costa oeste se les da bien hacer apuestas arriesgadas y extremas. Pero nadie tiene el monopolio a la hora de inventar el futuro. “Aquí también encontramos osadía”, afirma. Pero templada por la realidad”.

Fuente: MIT Technology Review